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¿Cuál es el problema?

Que después de sentarte, lo primero que haga el médico sea preguntarte "¿cual es el problema?" da que pensar.

Pensar que me debo estar haciendo mayor.

(Banda sonora: - )

Cumbres borrascosas

Mi neurona tiene una peculiar forma de establecer conexiones. Estaba tan ricamente en el sofá viendo "1408", una peli de terror, y en una determinada escena saltó el maldito flashback neuronal. John Cusack, el prota, es un escritor que tras una prometedora primera novela se decanta por escribir funcionales libros de misterio tras sufrir una desgracia personal.

Tiene una presentación de su última obra en una librería. Acude al mostrador. El dependiente no sabe quién es, apenas recordaba lo de la presentación. En la sala hay unos 4 espectadores. Le preguntan las frikadas de rigor, que el escritor responde con desapego y cierta ironía (que los frikis parecen no captar). Al final, en la firma de ejemplares, la última chica le pregunta sobre la relación entre padre e hijo descrita en aquella brillante primera novela. Él se escapa por los cerros de Úbeda, se nota que le afecta la cuestión, máxime cuando la chica le insiste en los motivos por los que no siguió la senda literaria iniciada en aquella novela.

Entonces me recordé a mí de joven, cuando realmente ambicionaba un determinado futuro profesional. Entonces el trabajo era muy importante para mí. Aspiraba a ciertas metas. Pero ciertos desengaños me hicieron abrir los ojos. Perseguía un espejismo o, peor, una no-vida. Descubrí la verdad que guarda el tópico de trabajar para vivir, pero no al revés. Vi que para alcanzar lo que me había propuesto debería realizar una serie de sacrificios, pagar un precio alto. Decidí que no me compensaba. Asumí que no tenía estómago para tragar con según que. Con el tiempo he comprobado lo acertado de mi decisión. Ahora vivo más relajado (y más pobre).

A veces las cumbres pueden resultar muy frías, inhóspitas, desagradables. A cambio gozas de unas bonitas vistas. Pero cada uno debe seguir su propio camino y asumir las consecuencias.

(Banda sonora: Bloodsport - Official Secrets Act)

Yo no quiero ser guay

No, no quiero ser guay. Sí, sí es una declaración de principios. Pero es una declaración tramposa, para qué negarlo, forzada por las circunstancias. Como sé que nunca seré guay (porque nunca lo he sido), la mejor postura -o la más cómoda- es la contraria: rechazar lo que uno sabe no puede ser.

Si algo se aprende con los años es a no forzar ciertas situaciones: uno no puede pretender ser lo que no es o lo que no puede llegar a ser. Tal vez podrías engañar a los demás cierto tiempo, pero al final todo te explota en la cara. A algunos a lo mejor les funciona. Son buenos actores. Sus escrúpulos desaparecen con el tiempo. Incluso pueden llegar a sentirse cómodos representando un papel. Yo no. No sirvo para eso, igual que no sirvo para tantas otras cosas.

Cada vez me cuesta más seguir una línea recta. Por eso hace tiempo que dejé de formar parte de la tropa. Pero como guerrillero tampoco he encajado. Ahora soy un francotirador. Eso me permite (y obliga) ir por libre, no tener que dar explicaciones, no esperar nada de nadie (y que nadie lo espere de mí). Como todo, debes pagar un precio y no ser guay implica que las sillas de tu alrededor comienzan a quedarse vacías y no se ocupan, que debes seguir tu camino aunque sea un trayecto solitario (que lo es). Nadie dijo que no ser guay molara. Al contrario, no ser guay es como ir por la calle embutido en uno de esos antiguos trajes de buzo, con su escafandra y las botas de plomo.

Sí, lo admito: me gustaría ser guay. Sería lo fácil, lo más agradecido. Tendría que intentarlo, pero sé que sería una empresa fallida. No valgo.

(Banda sonora: Along the Wire - Lawrence [Superpitcher remix])

Propósito para el 2010

Sí, lo normal sería titular el post como "Propósitos". ¿Pero para qué usar el plural cuando solo tengo uno en mente? Soy modesto. No creo en eso de año nuevo, vida nueva. Y menos todavía en estas bobadas de apuntarse al gimnasio, aprender inglés, hacer no-sé-cuál colección de fascículos, dejar de fumar (es curioso, parece que nadie se propone dejar de beber, en cambio), hacer yoga, etc., etc.

Hace tiempo decidí no prometer nada que no pudiera cumplir, y menos a mí mismo, lo cual que inhabilita para desarrollar un brillante carrera en el campo de la política. Así que este año he decicido intentar ser más paciente. Nada más. Nada menos, en mi caso. Tomarme las cosas con más filosofía. Pasar más de todo. No tiene mucho sentido disgustarse por chorradas, por asuntos que realmente no valen la pena, ser víctima de un carácter tan agrio.

Porque todo eso hace que suela ir como una moto. ¿Para qué? Ciertamente, para nada al final. Nada bueno al fin y al cabo. Por eso, sin pretender alcanzar un estado zen, sí estoy dispuesto a un ligero cambio de actitud. Creo que le iría bien a mi espíritu y a las personas que me sufren a diario.

¿Lo conseguiré?

(Banda sonora: Palpatine's Dream - Susanna And The Magical Orchestra)

Historias infantiles

David fue a unas cavas. Allí les enseñaron el proceso de la vendimia, cómo se hace el vino, etc. De ahí cierto interés por conocer el origen de algunas cosas. Por ello, en la cena, mientras degustaba (es un decir, porque las cenas son escaramuzas infantiles) el pescado, se produce la siguiente conversación:

- ¿De dónde se saca el pescado? (David)
- De los peces. (Alba)

Ahí queda eso. Y luego dicen que no se aprende nada en el colegio.

(Banda sonora: Do Not As I Do - Hanne Hukkelberg)

Buscando la felicidad

Supongo que hoy debería hablar de la Navidad. Limitarme a felicitaros las fiestas, a soltar las frases de rigor sobre el tema para despachar el asunto. Pero cada vez hay más personas a las quien no les gustan estos días. Tal vez porque parece obligatorio juntarse en familia y/o ser feliz. Así que voy a elucubrar sobre la felicidad.

Una osadía por mi parte. En realidad, no sé definirla, ni siquiera explicar con claridad lo que significa para mí. Es un estado tan íntimo a la par que con un significado tan diferente para cada persona, que nadie mejor que uno mismo para saber lo que expresa para él. Creo que esa obligación, ser feliz, propia de estas fechas, ha hecho que muchos posts de este mes hayan sido un pelín autodestructivos en lo que a mí respecta. Me fastidian las imposiciones. Y más cuando me piden que alcance algo tan inaprensible, etéreo, fugaz. Algo tan difícil de hollar como la cima de un K-8.

En algunos momentos de lucidez, extraños en mí, he llegado a la conclusión que la felicidad, o lo más parecido a ella, llega en la ausencia de problemas. Para otros será en los momentos de triunfo, de éxtasis, Pero si yo aceptara que solo se alcanza en la consecución de esas metas posiblemente jamás aprehendería ese estado de felicidad. Uno no debe fijarse metas imposibles, so pena de ser un eterno insatisfecho. A veces nos empeñamos en querer lo que no tenemos, o peor, lo que no podemos tener. Tal vez me marque objetivos muy magros. Debe ser porque ya me he llevado tantos palos, tantas decepciones, que la coraza protectora con la que me he investido no me permite avanzar tan rápido ni saltar tan alto como los demás. No me quejo, pues para eso me lo he autoimpuesto.

En "El club de la lucha" dice el prota que no somos lo que poseemos. Hoy parece que la felicidad se alcanza mediante el consumo, la acumulación de bienes, incluso de experiencias (cuanto más exclusivas, mejor). Lo que yo llamaría "felicidad low cost". Previo a ello es el éxito profesional, la aceptación incondicional de las normas de la manada. Puede ser un atajo hacia la felicidad, cierto, pero así nunca se alcanza, yo no. O lo que se alcanza así yo no me atrevería a llamarlo felicidad.

Tampoco seré yo quien sostenga que la felicidad está en la contemplación de una amanecer ni en otros rollos jipijapiflowers. Sin embargo, para mí sí está asociada a las pequeñas cosas, a los detalles, en contraposición a la escala macro. El triplete del Barça me dio mucha alegría, el nacimiento de mis hijos me concedió un instante glorioso de felicidad, cogerlos por primera vez en mis brazos. No sé exactamente lo que es la felicidad, pero aquí estoy, enrollándome sobre el tema. Mejor corto ya.

Pues eso, felices fiestas. Como mínimo, que las sobrellevéis lo mejor posible. Admito que es en estas celebraciones familiares cuando más bebo de todo el año. No, no es para soportarlas mejor. Más bien es para que los demás sean capaces de aguantarme a mí.

Por mi parte, seguiré buscando. La Navidad es tan buen momento como cualquier otro para encontrarla.

P.D.: Me tomo unos días de vacaciones. Hasta la semana que viene.

(Banda sonora: Te echamos de menos - Dorian)

El hombre cafre III

Decía en el trabajo, "soy un asocial y un arisco". Una compañera dijo que ella también, aunque lo cierto es que ella solo es arisca cuanto toca. Lo malo es que, con el tiempo, he descubierto que uno no mejora. Al menos, yo no. Al contrario, uno ahonda en sus defectos, como quien lleva atada una losa en los pies y lo arrastra hasta el fondo. Inevitable. De consecuencias funestas, además.

Ya, el rollo ese de que siempre se puede cambiar, mejorar la actitud y tal y tal. Pues no. Yo no soy capaz. He llegado a un punto que ni puedo ni quiero cambiar. Sí, va en mi contra, me perjudica. Ni eso me hace cambiar. No es algo de lo que sentirse orgulloso, obviamente, pero es lo que hay. ¿Para que engañarme?

Las pistas están ahí. Esperas la salida de los críos del cole. Los padres (madres debería decir, aunque con la crisis ahora se ven más padres que nunca) forman sus grupitos. Yo voy a mi bola, aparte, formo mi propio grupo de uno. Las pistas, sí: salgo echando leches con David hacia la piscina, me cruzo con tres madres de su clase y todas dicen "Hola David". A mí, ni mu. Uno recoge lo que siembra.

No, no voy a cambiar. Peor para mí.

Paz y amor para las gentes de buena voluntad.

(Banda sonora: Lost In This World - Richmond Fontaine)

Te quiero, te adoro, mi viiiidaaa

No, no se trata de un ataque de romanticismo. No sería propio de mí. Es el estribillo de la canción “Dos gardenias”, creo recordar. Siempre he sido un desapegado. Ya de pequeño me escapaba cuando llegaba el momento de despedirse y dar los besos de rigor. Lamentablemente, siempre me pillaban y me obligaban al rito del besuqueo.

Entiendo que es una costumbre, pero no me gusta dar besos a desconocidas a modo de saludo (dicho con todo el respeto). No se trata de una medida preventiva contra la gripe A. Simplemente, no me van esas muestras efusivas. Otra cosa es cuando se trata de féminas que conozco o aprecio. Admito, por enésima vez, que soy un tipo raro.

Por eso me sorprendió muy gratamente que la señorita de Alba me diera la mano cuando fuimos de tutoría. Eso sí, besó a mi mujer. Tal vez percibió, intuyó más bien, que no hice el gesto de acercarme y agacharme para los besos de rigor. Me temo que si no lo hizo conmigo fue por mi barba de pincho. En realidad, el motivo tanto da. El caso es que me ahorré el trámite.

Es como todas aquellas señoras (e incluso algún señor) que te sueltan aquello de “cariño, amor, corazón” y demás epítetos románticos como forma de dirigirse a uno. Me revienta. Leches, para pedirme o darme algo no hace falta que me llames “cariño”. Si ni siquiera sabes cómo me llamo. Y a mí tampoco me interesa tu nombre, todo sea dicho. Para mí son palabras importantes, sí, precisamente por no ser un romántico, por ser una persona introvertida, de forma que eso de banalizarlas con un uso completamente chorra y fuera de contexto me parece una herejía. Me molesta, vaya. Tampoco funciona para ablandarme, como medio para sacarme alguna cosa, lo siento. Más bien consigue el efecto contrario.

El cúlmen fue en una tienda en la que el dueño se dirigió a un cliente llamándole guapo delante mío. A lo mejor tenía cierta confianza con él. Afortunadamente a mí no me lo dijo. Me pregunto si le hubiera llamado mentiroso de haberlo hecho, pues soy más feo que Picio. En el trabajo tengo a una compañera machacada a base de chanzas: es de las que emplea el "guapa/o" con una facilidad pasmosa. En fin, hipocresías las justas.

Sí, ya lo sé. Siempre estoy haciendo amigos.

(Banda sonora: No Way Out - Love of Diagrams)

Yes, I can

Sí, esta es la segunda vez que utilizo la etiqueta de autobombo (la primera fue en el fenecido blog original, r.i.p). Sí, lo conseguí. ¡Aprobé!

No soy de los que suelen festejar los triunfos... porque apenas los hay en mi caso. Acostumbro a flagelarme desde estas páginas porque me lo merezco, no por masoquismo. De manera que en esas escasas ocasiones que hago alguna cosa bien, aunque sea por casualidad, o me sale el tiro por donde debe y no por la culata, pues tampoco está de más celebrarlo.

Al menos el sacrificio sirvió para algo positivo. Ya he guardado los apuntes. No, no los voy a tirar. Todavía queda una última prueba, aunque sea de puro trámite.

Menudo peso me he quitado de encima.

(Banda sonora: La Piedra Redonda - El Ultimo de la Fila)

Sácame de dudas

David es el niño-pregunta. Cualquier cosa que vea, que oiga, que se le pase por la cabeza, comienza el interrogatorio. Nunca olvidaré ese viaje en tren, tres cuartos de hora preguntando casi sin cesar.

En fin, las preguntas de hoy son las siguientes. Ve un desfile de modelos por la tele y pregunta: "Por qué están enfadadas?".

La segunda es insuperable. Zapatero está en un mitín. No vocifera, pero casi. Gesticula mucho. Y David dice: "¿Es bueno o malo?".

Genio y figura.

(Banda sonora: Okay - Her Only Presence)

David Bowie me hace viejuno

En la tele anunciaron hace una semana que "Moon" recibió varios premios en el Festival de Sitges. Presentaron al director, Duncan Jones, como el "hijo de" David Bowie. Mi cuñada, de veintipocos años, preguntó, ¿quién es David Bowie? Creo que me quedé con la boca abierta un momento.

Sospecho que me estoy haciendo mayor.

(Banda sonora: Something Good Can Work - Two Door Cinema Club)

Al borde de un ataque de nervios

Uno de mis mayores defectos son las dudas. Especialmente dudo de mí mismo y sobre mis circunstancias colaterales. Eso sí, lo disimulo bastante bien (¿no?) y -como aquel dolor cuyo remedio anuncian en la tele- lo llevo en silencio.

La mayor duda consiste en mi capacidad para ser un padre aceptable, ya no digo uno bueno. Digo blanco y los críos hacen negro. Mis amenazas les suelen resbalar. Sí, ya, antes de eso he probado a razonar. El problema es que su capacidad de razonamiento actual es muy selectiva: solo entienden lo que les interesa. ¿Quien decía que los niños eran tontitos?

Todo eso desgasta. La lucha es continua. Gritan en vez de hablar. Sus frases favoritas comienzam por "Yo quiero" y "Ahora". Pretenden imponer su voluntad cual pequeños dictadores. Establecer límites y pautas de comportamiento normales se convierte en guerra de trincheras. Tal vez yo sea un mal estratega; posiblemente ellos son unos guerrilleros duros de pelar. Pero no me rindo.

Creía que darles verdura para cenar era uno de los peores tragos a los que tenía que enfrentarme con los pequeninjas. Estas vacaciones he descubierto algo peor: un comedor lleno de críos. Al menos la mitad lloraban y/o chillaban. Salía de allí hecho polvo y con un dolor de cabeza espantoso.

Todavía resuenan en mis oídos las llantinas, cual Apocalypsis Now infantil. Esto no lo soluciona ni el Consejo de Seguridad de la ONU. Cuando me alisté en la paternidad nunca imaginé que esto fuera tan duro.

P.D.: Afortunadamente, también hay buenos momentos.

(Banda sonora: Rules & Regulations - Rufus Wainwright)

Selección natural

A veces me pregunto si apuntamos a actividades extraescolares a los niños por su propio beneficio o solo (o en parte) por interés nuestro. Supongo que hay tantas respuestas como familias. Y, en estos temas, yo nunca voy a pretender ser mejor ni más honrado que los demás.

Alba ya tiene 6 años. A esa edad empieza la Escuela de Baloncesto. Le apetecía, yo la animaba –todo hay que decirlo-, y la apuntamos. En septiembre se hacían unos días de prueba. Inocente de mí, creía que era para ver si a los niños realmente les gustaba y decidían seguir “en serio”. Pero no era exactamente así.

El primer día, el coordinador nos explicó cómo funcionaba la película. Hay unas 15 plazas por sexo. Esos días de prueba sirven para cribar, ya que en el caso de los niños había 28 apuntados. No me preocupo por Alba. Ella entra. Solo había 8 niñas inscritas inicialmente (encima faltaron varias el primer día). Parece ser que los padres prefieren apuntar a las niñas a ballet o gimnasia. No, no es un chiste fácil, sino la realidad.

A mucha gente se le abrieron los ojos como platos al enterarse del tema de la selección. Tiene su explicación. En primero y segundo no forman equipo. A partir de tercero (de primaria, se entiende) forman equipo con 12-13 jugadores (que ya me parecen incluso muchos). Es decir, alguno se quedará fuera al llegar ese momento, de manera que cuantos más haya más niños sufrirán el palo. Menudas caras se veían entre el grupo de padres. Encima, si llega alguien de la calle con mejor nivel que los que ya están dentro, haz las maletas. Aspiran a cierta calidad técnica en los equipos, eso es lo que dicen. Y luego breve explicación de reglas: asistencia obligatoria, so pena de perder la plaza. Acudir a los entrenamientos aunque estén lesionados para hacer “equipo” y estar al tanto de las instrucciones, etc.

Me fui de allí con una sensación rara. Cierto es que no se trata que se tomen el asunto a cachondeo, pero me sorprendió un funcionamiento tan estricto en un equipo de barrio. Otra vez me quedó el reconcome de si no la habré liado al apuntarla. Tanta competencia, tanta competitividad desde pequeños. Puede que ellos no se den cuenta, pero el que se quede fuera del equipo posiblemente se lleve un buen disgusto.

Qué chungo está el mundo, empezando desde la propia base. Ya, los estamos preparando para lo que les espera cuando sean adultos. Sí, seguro.

(Banda sonora: Una vida tranquila - Mishima)

Mentes en blanco

Enclaustrado como estaba (es una figura retórica), alejado del mundanal ruido (pero no del griterío de mis pequeninjas), mi información del mundo mundial se reducía a los fogonazos de los titulares de prensa y TV. Además, sospecho que empiezo a padecer un grave problema de déficit de atención, pero ésa es otra historia. Uno de esas noticias a vuelapluma me espeluznó: la actividad cerebral disminuye tras quince días de vacaciones. Cosas del relax, supongo.

Los cerebros del asunto, ejem, hicieron unos test a unos turistas. Tras su vuelta del asueto sus resultados en los tests fueron peores a los de antes de partir. El tema es grave. En mi caso, mi actividad mental apenas supera el encefalograma plano. Si se reduce todavía más puedo convertirme en un vegetal (si es que no lo soy ya).

He estado discutiendo el asunto con mi neurona, la única operativa, quiero decir. Hemos encontrado la solución: en vez de irnos quince días nos iremos de farra solo catorce. El estudio hablaba clara y específicamente de quince días.

Uf, después de tanto pensar empieza a dolerme la cabeza.

(Banda sonora: Sugar And Spice - Madness)

El hombre cafre II

Tras la breve reflexión sobre mi carácter "peculiar", en la anterior entrega cafre, echo en falta haberlo comparado con el de dos médicos de la ficción televisiva: House y Vilches. Dos cabrones, cada uno en su estilo. Pero, ¿realmente son unos cabronazos o simplemente se lo parecen a los pacatos? ¿No será que la gente ya no está acostumbrada a la verdad descarnada? ¿Acaso nuestra civilizada preocupación por las formas nos impide dejar espacio al fondo, a la sustancia de las cosas?

Como siempre, doctores tiene la Iglesia. No negaré que se puede decir lo mismo con buenas palabras que de forma brusca y cortante, pero eso ya depende de la forma de ser de cada uno (y de su empatía). Dicho lo cual, mantengo que uno de los más graves problemas de muchas personas consiste en haber olvidado decir "no". Es sencillo, una sílaba: no. A la mierda la vergüenza. No. No. Repítelo. En unos pocos segundos te saldrá completamente natural.

Un no a tiempo ahorra muchos problemas. ¿Te tienes que sentir mal por decir la verdad, por negarte a hacer algo que no quieres? Claro que no. Ya, lo políticamente correcto es decir "sí". Muy bien, pues yo me paso por el forro lo políticamente correcto. Y si toca no, yo digo no. A quien le guste bien, y a quien no también. Evidentemente, eso supone un coste de imagen, sobre todo en el mundo laboral. Aunque hay un término medio: ni tienes porque ser como House (o como yo, en otro estilo), ni tampoco como Santa Teresa de Calcuta. Pero el no es innegociable.

Que no te engañen: no se trata de ser negativo. Nada más lejos de la realidad. Se trata de ser honesto, contigo y con los demás.

No. Y punto pelota.

(Banda sonora: Digues què faràs - Pirat's Sound Sistema)

La insoportable necedad del ser

Que nadie se sienta ofendido: el necio al que me refiero soy yo. Con los años he ido descubriendo que todo lo que aprendí no me ha servido de mucho a la hora de la verdad. Todas las certezas de la juventud han acabado desvaneciéndose, dejándome inmerso en un mar de dudas. Sí, lo único que tengo realmente claro es que soy un ignorante de primera (además de algunas otras cosillas que no confesaré para no rebajarme todavía más).

Siempre supe que no era listo. Durante un tiempo me creí inteligente. También me equivocaba en eso, como descubriría en su momento. Vamos, que soy una joya (de plástico, por supuesto). Al menos ahora soy consciente de mis limitaciones. Sin embargo, eso no me impide seguir cagándola.

Hay quien lo tiene todo bastante claro. Algunos al menos siguen una línea. Yo avanzo a trompicones, en zigzag. Me gustaría tener más respuestas, aunque acabo coleccionando preguntas. No sé exactamente hacia dónde voy y mucho menos dónde llegaré, pero debo seguir en movimiento. ¿Será el baile de San Vito?

Próxima salida: desconocido...

(Banda sonora: Lloyd, I'm ready to be heartbroken - Camera Obscura)

Hijos de los hombres

Si hay un consejo que yo puedo dar es el siguiente: yo soy un ejemplo de lo que no debe hacerse en la vida. Porque soy en especialista en caerme, en cagarla, en avanzar hacia ninguna parte. Sin embargo, en contadas ocasiones, descubro a alguien todavía peor que yo, lo cual no es fácil.

Una compañera, hoy felizmente jubilada, me explicó un día los celos de su marido hacia sus hijos. Si le compraba una camisa al chico, él también quería una. Era algo que rozaba lo patológico. Eso, o es que era un gilipollas de primera. Como era de preveer, ella se separó de esa joya del género masculino. Cuando me lo contaba me hacía cruces. No lo entendía. ¿Qué desórdenes mentales, qué falta de personalidad y autoestima, qué nivel de descerebramiento puede llevar a nadie a sentir envidia de sus hijos?

A mí me encanta que mis hijos sean guapos, que tengan un buen fondo. Me enorgullezco de ellos. Les deseo lo mejor, como hace cualquier padre mínimamente normal. Ojalá les vaya bien en la vida y sean felices. Qué más quisiera yo que triunfen en todo lo que se propongan. Espero y deseo que sean más buenos, más listos, más inteligentes y mejores personas que yo. Eso es lo que a mí me haría realmente feliz.

Por mi parte, les he puesto el listón por los suelos. Así que supongo que no les costará mucho dejarme a la altura del betún.

(Banda sonora: Nunca estás a la altura - Klaus & Kinski)

Volviendo del Lado Oscuro

Por fin. Se acabó. Después de casi un año liado con el asunto, con mayor o menos intensidad, c’est finie. Afortunadamente, porque mi resistencia tiene un límite y he descubierto que mi capacidad de atención y mental, también. Eso sí, todavía no sé cómo acabará el tema. Supongo que deberé esperar unas semanas para saber si tanto esfuerzo (ejem, ejem) ha servido de algo, o el sacrificio de dejar de hacer cosas que me gustaban ha sido en balde.

En otras circunstancias tal vez me sentiría como el niño que tras un periodo de encierro sale al patio a jugar con sus amigos. Pero no. Me siento agotado, mentalmente sobre todo. Es lo que tiene recalentar en exceso mi neurona. La pobre da lo que da, que cada día que pasa es menos. Así que me tomaré unos días de fiesta, no tanto para dedicarme a la dolce vita, sino porque los niños acaban el cole y hasta julio no empieza el casal de verano. Yo sí sé cómo pasármelo bien, ¿verdad?

Ahora podría empezar a hacer todo aquello que dejé aparcado todo este tiempo: leer, escribir, ver pelis, tocarme las narices (sobre todo). Ya veremos. Mientras la neurona no salga de la UCI el tema resulta complicado. Al menos será un verano tranquilo, o eso espero.

Cuatro semanas para las vacaciones. Tic tac, tic tac...

(Banda sonora: La Fuerza - Facto Delafé y Las Flores Azules)

Motivación


Sí, es el famoso video que Guardiola puso a los jugadores antes de la final de Roma. Un vídeo que, al igual que los métodos de su promotor, ya es objeto de estudio en las escuelas de negocios. Porque, como bien sabemos los currantes, el talón de Aquiles de muchas empresas no son los trabajadores, sino ciertos jefes.

En mi vida he tenido todo tipo de jefes. Me refiero a los directos, no a los jefazos que nunca veías ni tratabas con ellos. Ineptos, policías políticos, tocagüevos, y otros calificativos poco piadosos. Pocos, casi ninguno, se salvaría de la quema. Al final lo que esperabas era que te dejaran a tu bola, tranquilo para sacar tu trabajo, pues cuando uno ya sabe lo que tiene que hacer no necesita a un incompetente que venga a dar por saco, por no decir a sabotear.

Y es que al final se trata de eso. No necesito un jefe que me motive. Insisto, yo ya sé lo que tengo qué hacer, cuál es mi obligación. Lo que quiero es un jefe que no me desmotive. Asumo que cuando ellos la cagan la culpa caerá sobre la plebe. Sé que mis éxitos serán los suyos ante la superioridad. Al final te preguntas si realmente trabajamos con el mismo objetivo, si estamos en el mismo barco, qué sentido tiene que cada uno tire hacia su lado. En fin, he superado ese estado de dependencia caótica. Tengo un nivel de independencia que me satisface... de momento.

Qué difícil resulta dar con un jefe que te respete, te valore por tu profesionalidad y no por tu capacidad para ser un pelota. No me importa que me exija, pero a la vez espero que no me ponga el pie en el cuello cuando las cosas se tuercen. No necesito que me den palmaditas en la espalda, aunque tampoco me gusta recibir puñaladas traperas. Pido demasiado, lo sé. Y así me ha ido.

Lástima no haber tenido un jefe como Guardiola.

(Banda sonora: La Copa de Europa - Los Planetas)

Mi primer amor

No, no busquéis a ninguna chica. Es la moto. La Kawasaki Ninja 600. En lo que sería un simple preludio de lo que me sucedería en la vida, cuando conseguí ahorrar la pasta para comprármela, ¡mecagontó!, la habían dejado de fabricar. Así que me tuve que conformar con su hermana pequeña, la GPZ 500.

Cosas de mi mala suerte perpetua. Cuando salíamos de noche de marcha (por aquel entonces con mi Honda 125), casi se me caía la baba cuando veía aparcada una Ninja. Cada mes ahorraba como un avaro esperando el momento de tener la mía. Pero los sueños, sueños son.

Ahora David ha empezado a decir que quiere una moto. ¿Qué moto?, le pregunto con sorna. Y va y me suelta el muy cachondo que una de verdad. De pensar que pudiera hacer (cuando fuera mayor, ahora no tiene moto ni de coña) una décima parte de las barbaridades que hice yo en moto se me ponen los pelos de punta (y los llevo casi al cero). Lo mejor: volvemos a casa del cole y en nuestra calle hay varias plazas de aparcamiento para motos; se para y me vuelve a repetir que quiere una moto. ¿Cuál creéis que señala el pitufo? ¡La Kawa ZZR 600!

Esto es genética. Lo que faltaba. Otro soñador en la familia.

(Banda sonora: No tornaran - Whiskyn's)