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Pálido criminal

Cuando algo me gusta, existen muchas posibilidades de que vuelva a probarlo. Me gustó “Violetas de marzo”, a pesar de su final pillado por los pelos, por lo que decidí atacar “Pálido criminal”, segunda parte de la tetralogía Berlín noir.

El bueno de Bernie Gunther, más cínico y alicaído por su escasa vida sexual, dos años después de la primera novela, sigue luchando por mantenerse alejado del fanatismo nazi, algo francamente difícil en pleno 1938. Más se complica cuando, otra vez, se verá mezclado involuntariamente con los jerarcas del régimen. En plan El Padrino, recibirá una oferta que no puede rechazar, viéndose obligado a volver a la policía para descubrir a un asesino de adolescentes arias. Como siempre, las cosas no son exactamente lo que parecen, o tal vez sean más de lo que esperaba, pero en la Alemania de Hitler todo es posible: lo malo y lo peor.

Kerr sigue apoyándose en la historia para escribir sus novelas: en la primera nos encontramos en plenas Olimpiadas de Berlín; ahora está en el aire la anexión de los Sudetes checoslovacos, la negociación con británicos y franceses para evitar la guerra, la Noche de los Cuchillos Largos, aparece el Reichstag incendiado. Usa también personajes reales: no solo Himmler, Goering, etc., sino otros situados más abajo en el escalafón nazi, y los mezcla con los de ficción. Adereza la trama con el interés de las SS en asuntos tan peculiares como el ocultismo y el paganismo, y su doble y decadente moral. Y otra de sus peculiaridades: el puntillismo en reflejar el callejero berlinés y de las diferentes localizaciones donde viaja Gunther, como para demostrarnos lo mucho y bien que se ha documentado.

Como no hay dos sin tres, espero encontrar la tercera parte para leerla.

Pálido criminal; Philip Kerr; RBA Bolsillo; 2007; traducción de Isabel Merino; 383 páginas.

(Banda sonora: Todos somos átomos - Igloo)

Violetas de marzo

Siempre me ha gustado la novela negra, incluso cuando era considerada un género menor por parte del establishment cultureta. Ahora, que lleva unos cuantos años de moda, parece que se ha descubierto aquello por lo que me encantaba en su momento: su precisión para reflejar la trastienda de la sociedad o esa misma sociedad “real” y no una idílica o idealizada; los personajes con dobleces y matices, y sin atributos de héroe; la asunción de que el Bien, el Mal y la Verdad son poliédricos, y no absolutos e intocables.

Juanma me habló bien de la última novela de Philip Kerr, galardonada con el Premio RBA de Novela Negra 2009. Y yo siempre escucho a mis amigos, que para eso saben más que yo. Aprovechando que tenía que devolver unos libros infantiles en la biblioteca (y el clásico del cómic, “El eternauta”), me acerqué a la K a ver si encontraba algo del susodicho. Vi el primero de la tetralogía Berlin noir: “Violetas de marzo”, mote que se daba a todos los advenedizos que se subieron al carro nazi con tal de medrar en el nuevo sistema alemán de los años 30.

En esta novela nos encontramos a un detective bastante arquetípico: expolicía, expulsado (o invitado a abandonar el cuerpo) por sus disensiones políticas con la nueva cúpula nazi, que no se arredra ante las dificultades, bien sea por cabezonería, principios o una adecuada suma de dinero, y sin problemas de conciencia cuando se hace necesario usar la violencia. Como suele ser habitual, un caso que en apariencia se presenta rutinario –la investigación de un doble crimen con el robo de unas joyas- esconde mucho más de lo esperado, con ramificaciones que alcanzan hasta la mismísima cúpula del régimen alemán. El escenario, el Berlín del inicio de las Olimpiadas, donde el autor refleja la simpatía de los espectadores por las gestas atléticas de Jesse Owens, el esplendor del nazismo, bien sea por su legión de seguidores (entre cuyas facciones también abundan los navajazos) bien porque los que no simpatizan con ellos prefieren mirar hacia otro lado para no acabar en un campo de concentración, y el embrión de la carrera militar que desembocará en la Segunda Guerra Mundial.

Novela de lectura fácil, lo que nunca debe entenderse como algo peyorativo, adolece en mi opinión de un final en el que debe aplicarse en toda su intensidad el “principio de suspensión temporal de la credulidad”. Kerr mete al prota en un embolao de tal calibre (obviamente no lo desvelaré) del que solo un milagro (o una “trampa” del autor) puede librarle.

Pues eso, esta novela ofrece una rato entretenido, sin más pretensiones, que es más de lo que se puede decir de muchas otras.
Violetas de marzo; Philip Kerr; RBA bolsillo serie negra; traducción Isabel Merino; 2007; 383 páginas

(Banda sonora: Tornassolat - Glissando)