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Mi teoría de la relatividad

Hay que aprender a relativizar, a tomarse las cosas con filosofía, a no darle más importancia de la que realmente tiene. Hay que intentar ver el lado positivo de las cosas, porque si no está en tu mano cambiarlo al menos que te escueza menos. Hay que pensar más en lo que tú quieres y menos en lo que los demás esperan de ti.

Porque (casi) todo es relativo. ¿O no?

Aummmm...

(Banda sonora: Friend of the Night - Mogwai)

Buscando la felicidad

Supongo que hoy debería hablar de la Navidad. Limitarme a felicitaros las fiestas, a soltar las frases de rigor sobre el tema para despachar el asunto. Pero cada vez hay más personas a las quien no les gustan estos días. Tal vez porque parece obligatorio juntarse en familia y/o ser feliz. Así que voy a elucubrar sobre la felicidad.

Una osadía por mi parte. En realidad, no sé definirla, ni siquiera explicar con claridad lo que significa para mí. Es un estado tan íntimo a la par que con un significado tan diferente para cada persona, que nadie mejor que uno mismo para saber lo que expresa para él. Creo que esa obligación, ser feliz, propia de estas fechas, ha hecho que muchos posts de este mes hayan sido un pelín autodestructivos en lo que a mí respecta. Me fastidian las imposiciones. Y más cuando me piden que alcance algo tan inaprensible, etéreo, fugaz. Algo tan difícil de hollar como la cima de un K-8.

En algunos momentos de lucidez, extraños en mí, he llegado a la conclusión que la felicidad, o lo más parecido a ella, llega en la ausencia de problemas. Para otros será en los momentos de triunfo, de éxtasis, Pero si yo aceptara que solo se alcanza en la consecución de esas metas posiblemente jamás aprehendería ese estado de felicidad. Uno no debe fijarse metas imposibles, so pena de ser un eterno insatisfecho. A veces nos empeñamos en querer lo que no tenemos, o peor, lo que no podemos tener. Tal vez me marque objetivos muy magros. Debe ser porque ya me he llevado tantos palos, tantas decepciones, que la coraza protectora con la que me he investido no me permite avanzar tan rápido ni saltar tan alto como los demás. No me quejo, pues para eso me lo he autoimpuesto.

En "El club de la lucha" dice el prota que no somos lo que poseemos. Hoy parece que la felicidad se alcanza mediante el consumo, la acumulación de bienes, incluso de experiencias (cuanto más exclusivas, mejor). Lo que yo llamaría "felicidad low cost". Previo a ello es el éxito profesional, la aceptación incondicional de las normas de la manada. Puede ser un atajo hacia la felicidad, cierto, pero así nunca se alcanza, yo no. O lo que se alcanza así yo no me atrevería a llamarlo felicidad.

Tampoco seré yo quien sostenga que la felicidad está en la contemplación de una amanecer ni en otros rollos jipijapiflowers. Sin embargo, para mí sí está asociada a las pequeñas cosas, a los detalles, en contraposición a la escala macro. El triplete del Barça me dio mucha alegría, el nacimiento de mis hijos me concedió un instante glorioso de felicidad, cogerlos por primera vez en mis brazos. No sé exactamente lo que es la felicidad, pero aquí estoy, enrollándome sobre el tema. Mejor corto ya.

Pues eso, felices fiestas. Como mínimo, que las sobrellevéis lo mejor posible. Admito que es en estas celebraciones familiares cuando más bebo de todo el año. No, no es para soportarlas mejor. Más bien es para que los demás sean capaces de aguantarme a mí.

Por mi parte, seguiré buscando. La Navidad es tan buen momento como cualquier otro para encontrarla.

P.D.: Me tomo unos días de vacaciones. Hasta la semana que viene.

(Banda sonora: Te echamos de menos - Dorian)

Verdades universales

Prescribo como única salvación, el tedio. Sin atenuaciones, sin matiz: el tedio. No excursión, chaise longue. No conversación, silencio. No lectura, letargo... ¡En todo lo posible, ni un movimiento, ni un pensamiento!
Eugeni d'Ors (Oceanografía del tedio)

Pues si lo dice un maestro, ¿quién soy yo para llevarle la contraria, simple mortal? A mí lo del tedio, siempre quedará mejor que decir vagancia (y no son lo mismo), pues ya me gusta. Por desgracia, las circunstancias me impiden lanzarme a ello con la intensidad que quisiera.

Una lástima, ya digo. Podía llegar a convertirme en un especialista de categoría mundial en la materia. Otra vez será... aunque ya se acercan las vacaciones.

(Banda sonora: Home Sweet Home - Those Dancing Days)

Melancolía

A veces oyes una canción y recuerdas. A veces ves una película y te vienen a la mente situaciones, vivencias. Lo ideal serían recordatorios tipo gritisjits, claro, aunque los tiros no van por ahí. Y te ves reflejado por la letra, o por uno o varios personajes que van dando bandazos sin dirección definida (bueno, hacia el desastre). Me cago en la empatía y en quien la fundó. Lo peor es que me da por pensar, incluso reflexionar. Eso es malo, muy malo. Para mí, se entiende. Procuro no pensar habitualmente, porque al final me daría de cabezazos contra la pared. Por eso mantengo una actividad cerebral ligeramente por encima del encefalograma plano.

Ya me disperso. Eso es buena señal. Empiezo a dejar de pensar. Os lo aseguro: pensar es malo. Recordar, peor. El tópico de que tiempos pasados siempre fueron mejores ha hecho mucho daño, sitúa a nuestra juventú en un altar lejano e inalcanzable, mítico, en el que cuesta distinguir realidad de sueños y quimeras. Lo auténticamente cierto es que cualquier tiempo pasado no volverá y recrearlo en nuestra mente es una mísera pérdida de tiempo. Total, es como una peli que has visto cientos de veces y cuyos diálogos eres capaz de repetir con la boca cerrada. ¿Qué emoción hay en eso?

¿Dije que pensar es perjudicial para la salud? ¿Dónde habré dejado las pastillas, rediez? Sí, lo es, porque te hace replantearte las cosas, dudar, tener inquietudes, asumir tus errores. En definitiva, asumir lo mindundi y piltrafilla que puedo llegar a ser. Cuando uno se cae tantas veces al final le acaba doliendo la cabeza. Los golpes, ya se sabe.

De qué estaba hablando... Zzzzzzzzzzzzz.

(Banda sonora: Let's Dance To Joy Division - The Wombats)

¿Seré como el tipo que algún día fui?

Todo el mundo quisiera vivir mucho tiempo, pero nadie querría ser viejo.
Jonathan Swift

En verano, cuando salimos a pasear por la tarde, muchas veces acabamos sentados en el mismo banco del paseo marítimo, resguardos del sol por una palmera. Un murete nos impide la visión de los bañistas, pero no la del mar. Ahí, con la caricia de la brisa marina y el rumor de las olas, medio amodorrado, me siento en paz por unos momentos (mientras de reojo vigilo que los críos que no se metan bajo las ruedas de alguna bici).

He pasado allí parte de mis casi últimos 30 veranos. Visto en perspectiva, el tiempo ha volado rápidamente. El pueblo ha cambiado mucho. Yo también. Me miro y creo ver (físicamente) un reflejo de aquel chaval. Inercia, supongo. Pero no es así. Me gustaría engañarme, pero no cuela. Estoy ya en territorio viejuno.

Suena un poco patético eso de joven de espíritu. Es una vil excusa, tipo del que no se consuela es porque no quiere. Me hace gracia cuando en la tele dicen eso de "un joven de 35-40 años". ¡! ¿Joven? ¿Entonces la adolescencia dura hasta los 25? ¿Cuándo demonios nos hacemos adultos? Algunos nunca, pero esa es otra historia.

Cuando hablé de los kidult, los asimilé a un variante del síndrome de Peter Pan para personas con capacidad de consumo. Claro, el dinero que todo lo puede: vestirnos como jóvenes, maquillarnos, usar la cirugía estética. Incluso intentamos pensar y comportarmos como jóvenes. Creamos un espejismo a nuestra medida. Vemos y mostramos lo que queremos ser (o parecer), no lo que somos realmente. Dorians Grays de pacotilla. Cómo vamos a establecer límites a nuestros hijos, por favor, si nosotros sómos jóvenes como ellos, coleguitas suyos. ¿Se puede ser más patético?

Dentro de unos años, sentado en ese mismo banco (espero), aquel reflejo solo será un bonito recuerdo. Tendré más canas, me habrán salido arrugas. Nunca volveré a ser ese tipo, como cantaban Los Piratas. La mayor virtud de aquel chaval era su juventud. Hoy ya no me queda ni eso.

Seguiré siendo yo, más mayor y me temo que con más manías y peor mala leche.


(Banda sonora: Feeling Good - Muse)