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Elogio de lo pequeño

Vivir en una gran ciudad (de tamaño) no es un chollo. Padecemos contaminación ambiental y acústica, estamos en desventaja frente a los guiris, nos sablan con disparatados impuestos municipales (que en buena parte acaban disfrutando los guiris), perdemos un montón de tiempo en desplazamientos, los precios de la vivienda y los productos básicos son de lujo, etc., etc. Una maravilla, vamos, como Barcelona.

Visitando el pasado verano varias ciudades pequeñas, he vuelto a reafirmar mi opinión de que ese etéreo concepto conocido como "calidad de vida" se encuentra más y mejor allí que en las urbes mastodónticas. ¿Que echaría de menos qué? ¿La vida cultural? En fin, para lo poco que la disfruto me resulta indiferente. Por lo demás, cualquier ciudad de entre 20.000 y 50.000 habitantes tiene todos los servicios básicos. Ciudades un poco mayores cuentan también con diferentes universidades.

El problema, como siempre, es el dichoso trabajo. Eso sí, un trabajo en la misma ciudad, no a 25 km. Me gustaría vivir en una ciudad un poco más humana, de tamaño y estructura racionales, menos estresante, menos contenedor de personas. Una ciudad que se pudiera recorrer andando. En fin, por pedir que no quede, ¿verdad?

Sí, admiro a todos los que son capaces de hacer borrón y cuenta nueva, a empezar de cero. Esa fase ya la tengo superada. No aspiro a más de lo que tengo, pero tampoco me conformo con menos (y no es tanto, la verdad).


Os dejo. Me voy a sellar el boleto de la primitiva. La esperanza es lo último que se pierde, dicen.
(Banda sonora: Fine For Me - Layabouts)

Barcelona, ciudad de los prodigios

Barcelona es la única de las cuatro capitales catalanes que no dispondrá de tarjeta gratuita de transporte público para niños. No queda más que dar las gracias a los apoltronados, presuntos progres, del Ayuntamiento de Barcelona, por reclamar que usemos el transporte público, subir el precio cada año por encima del IPC, y viajar ellos en coches oficiales.

Buzos voluntarios sacan cientos de kilos de basura de las playas barcelonesas. Voluntarios, claro, porque si al Ayuntamiento le resbalan las críticas sobre la suciedad que impera en diversos puntos de la ciudad, permite que los hooligans se orinen allá donde les place, ¿cómo les puede importar la mierda marina, que no se ve? Tal vez por eso ya no han recuperado la campaña propagandística de "Barcelona, posa't guapa" (Barcelona, ponte guapa).

El Ayuntamiento dice que emprende una cruzada contra el ruido. Según sus encuestas, las mayores quejas provienen de las obras en la vía pública (13,9%) y el ocio nocturno (11,2%). ¿Qué pasará con las silenciosas obras públicas? ¿La guardia urbana aparecerá por ellas o hará algo para acabar con las jaranas nocturnas? No, lo más fácil es que controlen los tubos de escape de las motos (tráfico rodado: 4,3%) que ahí pueden multar y llenar las arcas municipales. Dice la jipijapiflower concejala Mayol que llevan gastados ¡250 millones! en medidas en la materia del 2001 al 2007. ¿En qué se han gastado el dinero exactamente?

Vivir en Barcelona cada día está más chungo. Vivir es una carrera de obstáculos.

(Banda sonora: La ciudad en movimiento - Aviador Dro)