Mostrando entradas con la etiqueta pequeninjas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pequeninjas. Mostrar todas las entradas

Feocracia

Los críos me habían pedido llevarlos alguna vez a mi trabajo. Habíamos pasado por delante en alguna ocasión y les había dicho que ahí trabajaba el papa. Cuando algo les interesa bien que se quedan con la copla. Además, yo de chaval había ido al trabajo de padre y me encantaba, bien es cierto que aquello si que era chulo de verdad. Aprovechando el final de las vacaciones, que no teníamos nada mejor que hacer (sí, es triste, lo sé), y que a David le encanta viajar en metro y tren, nos pusimos en marcha.

Ya se sabe, lo típico: ¡qué niños más guapos! Descubrieron también que David lo pregunta todo. Ahora ya entienden porque llego todas las mañanas como una moto. Luego llegaron un par de compañeras del café. Qué guapos, otra vez, no se parecen a su padre. Afortunadamente, dije yo riéndome. Yo no me tomo esas cosas a mal. En absoluto. Me alegro que no se parezcan a mí. En ningún aspecto. Por su propio bien, está claro. No tengo ni el consuelo del tópico ese de la belleza interior.

Recuerdo que de chaval había un montón de críos feos. Yo incluido. En cambio, ahora, resulta difícil dar con ellos. No diré que todos sean guapos, pero feos no abundan. Tal vez, como comentaron ellas con sorna, tal vez sea que la raza está mejorando. Por la parte que me toca me alegro.

Los feócratas somos una raza en extinción. Nadie nos echará de menos, y yo menos que nadie.

(Banda sonora: Allí donde solíamos gritar - Love of Lesbian)

Al borde de un ataque de nervios

Uno de mis mayores defectos son las dudas. Especialmente dudo de mí mismo y sobre mis circunstancias colaterales. Eso sí, lo disimulo bastante bien (¿no?) y -como aquel dolor cuyo remedio anuncian en la tele- lo llevo en silencio.

La mayor duda consiste en mi capacidad para ser un padre aceptable, ya no digo uno bueno. Digo blanco y los críos hacen negro. Mis amenazas les suelen resbalar. Sí, ya, antes de eso he probado a razonar. El problema es que su capacidad de razonamiento actual es muy selectiva: solo entienden lo que les interesa. ¿Quien decía que los niños eran tontitos?

Todo eso desgasta. La lucha es continua. Gritan en vez de hablar. Sus frases favoritas comienzam por "Yo quiero" y "Ahora". Pretenden imponer su voluntad cual pequeños dictadores. Establecer límites y pautas de comportamiento normales se convierte en guerra de trincheras. Tal vez yo sea un mal estratega; posiblemente ellos son unos guerrilleros duros de pelar. Pero no me rindo.

Creía que darles verdura para cenar era uno de los peores tragos a los que tenía que enfrentarme con los pequeninjas. Estas vacaciones he descubierto algo peor: un comedor lleno de críos. Al menos la mitad lloraban y/o chillaban. Salía de allí hecho polvo y con un dolor de cabeza espantoso.

Todavía resuenan en mis oídos las llantinas, cual Apocalypsis Now infantil. Esto no lo soluciona ni el Consejo de Seguridad de la ONU. Cuando me alisté en la paternidad nunca imaginé que esto fuera tan duro.

P.D.: Afortunadamente, también hay buenos momentos.

(Banda sonora: Rules & Regulations - Rufus Wainwright)